La visita oficial que realiza el rey de España, Felipe VI, a la ciudad ocupada de Ceuta, seguida de otra a Melilla, reviste dimensiones delicadas e intensas que van más allá del carácter protocolario habitual y se cruzan en profundidad con las complejidades del panorama político interno español y los entresijos de la geopolítica regional en la cuenca del Mediterráneo occidental. Esta salida real, la primera de su tipo desde que el monarca subió al trono en 2014, sienta un precedente llamativo: el rey pasará una noche en el enclave ocupado, algo inédito en la época democrática española. Llega en un momento sensible, en el que los cálculos de Madrid exigen contener las tensiones partidistas y absorber las crecientes presiones de los partidos de derecha y populistas, que convierten a ambas ciudades en un instrumento de chantaje político interno, sobre todo tras las réplicas de la crisis migratoria masiva que sacudió Ceuta a finales de julio pasado. El gesto aparece así como un intento preventivo de elevar la moral del frente interno y de afirmar la presencia institucional y soberana frente a la inquietud estructural de los habitantes locales.
A pesar de los esfuerzos de los círculos oficiales españoles por dar a la visita un carácter asistencial, social y humanitario, con paradas en centros educativos y en las tumbas de las víctimas, sus dimensiones geopolíticas se abren a un horizonte estratégico más amplio. Reflejan el aprieto de Madrid en la gestión de su frontera sur, el flanco débil de la Unión Europea, dividida entre las consideraciones de seguridad nacional y la necesidad de una alianza estratégica indispensable con Marruecos, especialmente ante los grandes cambios en las relaciones bilaterales y el nuevo posicionamiento español respecto al Sáhara marroquí y su apoyo a la iniciativa de autonomía.
Desde una perspectiva regional más amplia, estos enclaves coloniales, contrarios a la historia y la geografía, aparecen como palancas de presión coyunturales que los círculos españoles utilizan para gestionar crisis migratorias abiertas. Marruecos responde con un alto grado de calma estratégica y madurez diplomática, que separa claramente los usos electorales puntuales de la clase política española de la hondura de los intereses estratégicos comunes y de las prometedoras perspectivas que unen a ambos países, en particular de cara a los preparativos conjuntos de citas continentales y mundiales como el Mundial de 2030. Esto confirma una vez más que los intentos de afianzar la soberanía mediante la fuerza simbólica y las visitas ostentosas siguen siendo incapaces de superar la fatalidad de la geografía o de cambiar las realidades históricas, según las cuales ambos presidios continúan siendo parte integrante del espacio vital magrebí, regido por una lógica de continuidad histórica y estratégica a largo plazo.
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