Abdallah Mashnoun
Escritor y periodista residente en Italia, analista de asuntos políticos
Interesado en los asuntos árabes, las cuestiones migratorias y la investigación sobre el pensamiento y el islam.
El pensamiento islámico contemporáneo atraviesa una profunda crisis cognitiva y social, cuyo origen principal es la brecha cada vez mayor entre el texto sagrado —con sus objetivos globales— y su representación real en el comportamiento de algunos de sus seguidores. Cuando investigadores, académicos y ulemas abordan temas de pensamiento religioso y discurso social, se enfrentan al problema del reduccionismo normativo: reducir la religión a eslóganes formales o apariencias oscuras, despojándola de su esencia moral y espiritual. Este artículo arroja luz sobre esta dualidad, abordando con valentía crítica las desviaciones de conducta dentro de ciertos espacios religiosos y haciendo un llamamiento a las comunidades musulmanas en Occidente para que adopten un modelo profético auténtico basado en la misericordia, la honestidad y la integración activa y positiva.
La honestidad científica y de investigación exige una autocrítica y un examen de conciencia con total objetividad, ya que el investigador académico debe distinguir claramente entre el islam como un sistema legislativo y ético infalible y la práctica humana defectuosa. Es lamentable observar en algunos espacios sociales y mezquitas manifestaciones que contradicen la esencia del mensaje mahometano, donde a veces surgen conductas caracterizadas por la violencia verbal, la ignorancia disfrazada, el rencor arraigado, la deshonestidad, la propagación de la maledicencia, el chisme y el egoísmo individual. ¿Acaso esta ética era la tradición (Sunna) de nuestro profeta Mahoma, que la paz y las bendiciones sean con él? ¿Acaso los nobles compañeros y quienes los siguieron con bondad transitaron este camino? ¡Mil veces no! El Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, era un Corán viviente que caminaba sobre la tierra, y los compañeros eran modelos vivos de justicia, misericordia y elevación humana. Convertir la religión en las mentes de algunos en un medio de exclusión y odio es asesinar el espíritu de la Sharia y los objetivos globales sobre los cuales fue establecida.
Esta problemática adquiere una dimensión geopolítica y social de suma importancia para los musulmanes residentes en las sociedades occidentales. Quien reflexiona sobre la escena diaria dentro de estas sociedades, especialmente en la esfera europea e italiana, percibe claramente el impacto de la imagen mental que proyecta la comunidad. Los debates continuos sobre la identidad, la libertad de fe y los desafíos de la integración exigen que el musulmán residente sea un verdadero embajador de su religión. El diálogo diario con los vecinos, las transacciones profesionales y la participación positiva en el tejido social local son el campo real donde se pone a prueba la veracidad del discurso reformista, lejos del aislamiento de los guetos cerrados o de la asimilación pasiva. La comunidad musulmana no solo se representa a sí misma, sino que constituye una fachada viva por la cual se juzga al islam en su totalidad. La ausencia de la ética mahometana original y su sustitución por la frialdad proporciona material fértil para arraigar los estereotipos negativos.
Lo que se requiere epistemológica y socialmente es la transición del musulmán en Occidente de una mentalidad de confrontación y defensa justificacionista a una mentalidad de testimonio civilizatorio y moral, que se encarna prácticamente en la honestidad absoluta en el entorno laboral, el respeto a las leyes, la preservación de los derechos de vecindad y la presentación de un modelo humano compasivo, alejado del fanatismo y el extremismo intelectual. Los medios de comunicación no están exentos de esta responsabilidad, ya que a menudo los estereotipos superficiales contribuyen a profundizar la brecha, lo que pone de relieve la necesidad urgente de un periodismo responsable y plumas conscientes que no se limiten a reacciones emocionales, sino que profundicen en la esencia de los problemas y desarmen el discurso de odio destacando los modelos brillantes y exitosos de los miembros de las comunidades que han demostrado su competencia y contribución real.
El atascado discurso religioso sufre de una plaga central representada en la tutela social y el escrutinio de los defectos ajenos, donde el individuo se ocupa de vigilar los errores de los demás y de repartir certificados de herejía y desvío como si tuviera en sus manos las llaves de la guía y el extravío. El recto método profético nos enseñó que la gran misión del mensaje es guiar, no humillar; mostrar misericordia, no dureza. Por lo tanto, los eruditos, predicadores, jeques, académicos y pensadores están llamados a reorientar la brújula del discurso religioso desde la pregunta inquisitiva: «¿Qué hacen los demás?», hacia la pregunta de autorreforma: «¿Qué ha hecho el islam en mi propia moral? ¿Se han reflejado las luces de la profecía con sinceridad, honestidad y humildad en nuestros comportamientos diarios?».
En conclusión, la renovación del pensamiento religioso y la restauración del rostro luminoso del islam mahometano no se logran mediante eslóganes sonoros ni apariencias vacías, sino mediante un retorno sincero a la esencia de la noble ética profética. Necesitamos urgentemente un discurso académico y social que libere a la religión de las enfermedades del encierro, la violencia y el fanatismo, y la presente al mundo como una misericordia regalada a toda la humanidad. Cuando Occidente —y antes de ellos nuestras propias sociedades— vea a musulmanes encarnando estos valores como una realidad tangible, solo entonces el discurso religioso recuperará su verdadera dignidad y será motivo para atraer los corazones en lugar de alejarlos.
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