El Frente Polisario se enfrenta a una etapa política y diplomática compleja tras la finalización del mandato de la Misión de las Naciones Unidas para el Sáhara (MINURSO), el 31 de octubre de 2026, tras treinta y cinco años de presencia, un desarrollo que obliga a reconsiderar las herramientas de gestión del conflicto y coloca al Frente y a su aliado, Argelia, ante nuevos desafíos en el manejo de las transformaciones internacionales que atraviesa el expediente del Sáhara.
Tras el fracaso del Consejo de Seguridad en la adopción del proyecto de resolución estadounidense para prorrogar la misión, debido al uso del veto por parte de Rusia, y el fracaso del proyecto alternativo ruso, las Naciones Unidas han iniciado los procedimientos para liquidar la misión, establecida en 1991 para supervisar el alto el fuego y preparar un referéndum de autodeterminación que nunca se organizó.
Este desarrollo conlleva implicaciones políticas para el Polisario, que durante mucho tiempo confió en el marco de la ONU como una de las herramientas fundamentales para defender la opción del referéndum. Con el fin de la misión sobre el terreno, el Frente está obligado a reevaluar sus opciones diplomáticas, especialmente ante el apoyo que recibe la iniciativa marroquí de autonomía por parte de potencias internacionales influyentes, encabezadas por Estados Unidos y Francia.
Argelia parece ser una parte esencial en esta ecuación, dada su asistencia política, diplomática y militar al Frente, y su acogida de los campamentos de Tinduf. Este apoyo otorga al Polisario un margen para seguir defendiendo sus posturas, pero vincula el futuro de sus movimientos a las opciones de la política exterior argelina y sus relaciones con las grandes potencias.
Desde una perspectiva geopolítica, el estancamiento en la renovación del mandato de la MINURSO revela la creciente divergencia entre Estados Unidos y Rusia sobre el enfoque adecuado para resolver el conflicto. Mientras Washington presiona para que la autonomía marroquí sea la base de las negociaciones, Moscú se aferra a un enfoque que no prejuzgue el estatus final del territorio, una discrepancia que se refleja directamente en las posibilidades de alcanzar un consenso dentro del Consejo de Seguridad.
Sin embargo, el fin de la misión no significa la desaparición del derecho a la autodeterminación según la postura de la ONU, ni constituye en sí mismo un nuevo reconocimiento internacional de la soberanía marroquí. El Secretario General, António Guterres, ha confirmado la continuidad de los esfuerzos políticos a través de su enviado personal, Staffan de Mistura, advirtiendo al mismo tiempo sobre la posibilidad de una escalada de tensión militar ante la ausencia de los mecanismos de vigilancia previos.
Por otro lado, Marruecos considera el fin de la MINURSO como una transformación que favorece sus esfuerzos por poner fin a la gestión del conflicto bajo la fórmula antigua y avanzar hacia una solución política basada en la iniciativa de autonomía bajo soberanía marroquí.
Aquí surge una problemática estratégica para el Polisario: ¿debe seguir aferrándose al enfoque que ha regido sus movimientos durante las últimas décadas, o debe intentar ajustar su discurso y sus herramientas negociadoras para alinearse con la nueva realidad diplomática?
La persistencia de la tensión militar complicaría aún más el escenario, especialmente dado que el alto el fuego acordado en 1991 se rompió en 2020, mientras que la ausencia de observadores de la ONU se convierte en un factor adicional que genera preocupaciones sobre la estabilidad regional.
Lo más probable, desde una lectura política, es que el futuro del Frente no se determine simplemente por la retirada de la MINURSO, sino por su capacidad para movilizar apoyo internacional, la posición de Argelia en los equilibrios regionales y la disposición de las partes a participar en negociaciones serias.
Así pues, los últimos acontecimientos no ponen fin al conflicto, pero trasladan al Polisario a una etapa más compleja, en un momento en que Marruecos busca aprovechar los cambios diplomáticos para consolidar su enfoque político, mientras que la solución definitiva sigue supeditada a un consenso internacional y regional que aún no se ha materializado.
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