No se puede leer el arte flamenco en el sur de España como un mero patrón musical folclórico destinado al deleite superficial o al despliegue motriz abstracto; es más bien un grito existencial y trágico que encierra siglos de opresión histórica y melancolía soterrada, donde se fundieron los afluentes de la cultura gitana con los vestigios moriscos, los cánticos hebreos sefardíes y los cantes de los campesinos andaluces desamparados. Para explicar la fuerza arrolladora que se apodera del intérprete y del espectador en los momentos de máxima epifanía, el sentir español acuñó un concepto enigmático y profundo que el poeta Federico García Lorca cristalizó en su célebre conferencia histórica: el concepto del «duende». El duende no es el ángel que desciende con su claridad luminosa para verter bendiciones desde lo alto, ni es la inspiración «musa» de la Grecia clásica que traza líneas geométricas y serenas; es un ser telúrico y profundo que brota desde la planta de los pies, se adhiere a la sangre y exige un combate implacable cara a cara contra el filo de la nada y de la muerte. Es esa energía oculta cuya intensidad abrasadora todos perciben, pero cuya esencia ni los más grandes filósofos logran definir con las herramientas de la fría lógica.
Cuando el duende se instala en una reunión de cante jondo, conocido como el «cante jondo», se desmoronan todas las reglas académicas y las habilidades técnicas previamente pulidas, hallándose el cantaor a sí mismo desnudo ante sus propias heridas espirituales y las de sus antepasados errantes a través de los siglos. La garganta se convierte entonces en el escenario de un desgarro estremecedor y los tonos surgen rotos, con un ronquido que recuerda al roce de la piedra contra la piedra. El cantaor de flamenco no busca la pureza melódica y dulce, sino que busca la sinceridad desgarradora que obliga al oyente a estremecerse. En ese preciso instante, se desvanecen las fronteras entre la alegría y el dolor, y la tristeza se transforma en un éxtasis interior supremo que purifica el alma de sus impurezas mediante algo similar a la catarsis trágica griega, pero con un matiz andaluz impregnado del aroma de la muerte y de la tierra. Este cante viene acompañado por el toque de guitarra que no se limita a secundar la voz, sino que arremete con los violentos golpes del «rasgueo» para imitar los latidos de un corazón acorralado, mientras el repique de los nudillos sobre la madera del instrumento evoca el pulso de la tierra y convoca a las almas ausentes de entre la oscuridad del olvido.
En cuanto al baile, la irrupción de esta fuerza misteriosa convierte el cuerpo de la bailaora o del bailaor en un rayo viviente que desafía la gravedad y combate la desaparición. Los pies que golpean el suelo con la fuerza del «taconeo» no lo hacen para exhibir destreza muscular, sino como si estuviesen excavando en la memoria terrenal para despertar a los muertos; los brazos que serpentean en el aire no dibujan formas ornamentales, sino que luchan contra fantasmas invisibles en un espacio cargado de tensión metafísica. La intérprete de flamenco viste su larga falda y se mueve como una planta silvestre que se retuerce bajo el azote de vientos despiadados, y cuando el arrebato alcanza su cénit, lanza el grito andaluz heredado «¡ole!» —una deformación lingüística y una invocación interna al Nombre divino que los españoles legaron de siglos de convivencia andalusí— para consagrarse como una confesión colectiva del desborde de significado y de la trascendencia del instante humano limitado hacia el horizonte cósmico. Entendido así, el flamenco no es una celebración de la alegría barata, sino el valor de mirar fijamente a los ojos de la inminente muerte, transformando la ineludible fugacidad en una energía vital desbordante que arranca de la fragilidad del cuerpo una inmortalidad artística inquebrantable.
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